Nadie especificó que no PUDIERA ser más de 1 (Relato 48-2025)

 Este es un relato que escribí para la edición de 2025 de un concurso online. Como no gané, os lo dejo para quien le interese. Espero que os guste. PD: Si veis el numero 48 por ahí, que sepáis que era un requisito del concurso, junto con el de escribir el relato en 48 horas)


Nadie especificó que no PUDIERA ser más de 1


Siempre quise entrar en el exclusivo club 48. Mi padre me advertía de pequeña en contra de aquel local. Decía que el lujo se pagaba y que, donde había dinero, le seguía de cerca la corrupción. Lo que no me imaginé era que acabaría allí en mi primera misión. Según la agencia, se había reservado el edificio al completo, con las habitaciones de hotel incluidas, para celebrar un cónclave entre los grupos criminales más prolíficos de la ciudad. Nosotros, por nuestra parte, habíamos sido reclutados para acabar con el cabecilla de uno de ellos, un tipo italiano regordete al que llamaban “Il Gelatto” por su notoria afición a las frescas. Aquella era su fiesta de cumpleaños, que en principio sentaría las bases para un acuerdo territorial; y yo, como imagino que le ocurrirá a todas los novatas del oficio en algún momento, me iba a estrenar en el papel de una escort desvalida.

Entrar fue lo más fácil: Me puse un biquini, un antifaz, y unas botas de cuero hasta las rodillas. Directamente asumieron que formaba parte del regalo grupal que le habían preparado al capo y me abrieron la puerta principal de par en par. El local era inmenso; las barras de baile, incontables. Me quedé embobada mirando las distintas salas. El local recibía aquel nombre por la diversidad de placeres sensoriales que podía satisfacer. Cuatro plantas temáticas, doce habitáculos por planta: Gusto, tacto, vista y oído. Alguien me sacó del embelesamiento en que me había sumergido al regañarme por no usar la entrada de empleados, pero le miré a los ojos, me mordí el labio, y lo dejó correr. Había practicado varios trucos frente al espejo para quitarme babosos de encima deprisa, pero la verdad es que me sentía ridícula con esa ropa y con la actitud fingida de seductora estúpida. Al menos las botas eran cómodas, y habían tenido la decencia de poner la calefacción para no provocar una hipotermia a las chicas. La coleta que me recogía el pelo estaba hecha con un cordel de acero. La idea era incitarle a una sesión privada y asfixiarle al primer instante que me diera la espalda. No había en aquel disfraz espacio para muchas más armas. Alguien del departamento sugirió una manera de guardar una daga que espero fuera una broma. Otro hizo lo mismo con una porra eléctrica, un chico gay adorable que se casa en Junio. Por el tamaño del trasto que me enseñó, su futuro marido será un tipo afortunado.

Il Gelatto todavía no había llegado al edificio cuando encontré mi camino hacia los cambiadores. Comparado con los tangas de perlas y las pezoneras del resto de invitadas, mi biquini casi hubiera pasado por un traje de oficina. Supongo que, en cierto sentido, sí que lo era.

                -¡Eh, tú! -gritó un hombre vestido con camiseta y pantalones cortos mientras se tocaba un auricular colgando de su oreja derecha. Mentiría si dijera que al ver semejante amasijo de músculos me arrepentí de no haberme acoplado una daga en la entrepierna. Estaba cagada, pero seguía siendo un “no” rotundo.

Me detuve, giré la cabeza, y recé a todas las deidades para que el extintor acoplado a la pared a mi lado no estuviera demasiado bien anclado al hormigón.

>¡Nada de botas! -continuó el organizador de dos metros de ancho por dos de alto-. ¿Es que nadie sabe leer un puto email? Al Gelatto le hacen tilín en la cosita los tacones. Ve a cambiarte.

-Yo me encargo -dijo al instante otro tío salido de la nada-. Esta no parece de las nuestras.

El armario empotrado con pintas de dirigir la fiesta levantó el pulgar apresurado y volvió a sumergirse en sus tareas más acuciantes.

-¿Cómo te llamas? -preguntó mi acompañante.

-Nadia -improvisé mientras tomábamos un desvío para entrar en un pasillo lleno de puertas. El guía me abrió una con un letrero que leía “Camerino invitados 3”, y ambos nos adentramos.

-Nadia, ¿eh? ¿Eres de los rusos? Pensaba que todavía no habían llegado.

El hombre colocó una mano en mi cintura y empezó a pegarse a mí.

-Creo que ya puedo continuar yo sola. Muchas gracias.

Intenté alejarme, pero me agarró del nudo del top y este se deshizo. Tuve que sujetar la escasa tela con mi brazo para que no saliera despedida.

-Venga- insistió él-. Seguro que puedes agradecérmelo mejor.

Miré a mi alrededor en busca de algo que pudiera usar como arma. El espejo rodeado de bombillas incandescentes tuvo que bastar. Roté sobre su espalda y embestí su cabeza contra el tocador con la mano que no protegía mis vergüenzas. Cayó de bruces, momento que aproveché para intentar huir, pero me cogió del tobillo y me fui al suelo con él. Durante un instante se quedó mirándome. El top no me tapaba nada. No tengo unas peras especialmente grandes, pero me siento orgullosa de lo bien definidas que están. Alcancé uno de los zapatos de aguja que supuse debería vestir para el italiano y se lo clavé en la oreja hasta el cerebro. Al menos se fue de este mundo con buenas vistas.

Saqué el arma homicida del oído del pervertido. Chorreaba sangre y materia gris, pero lo necesitaba para que no me llamaran de nuevo la atención por no vestir al gusto del capo. Lo sequé con una toalla y me quité las botas. Salí de allí todo lo rápido que pude, y atranqué el picaporte para que nadie se encontrara por accidente con el cadáver en las próximas horas. Estaba tan nerviosa que me choqué con tipo que recorría también el pasillo con prisas al que no vi venir.

-Disculpe, señorita.

-¿Papá? -no pude evitar exclamar.

-¿Cintia? ¿Qué haces aquí?

-Yo estoy… trabajando. ¿Qué haces tú aquí?

-¿Trabajando? -inquirió mirándome de arriba abajo. El top se había quedado en el cambiador, pero al menos volvía a cubrirme los pechos con el brazo instintivamente.

-¡No, no! – tuve que corregirle -. He venido a matar al Gelatto.

Apreté los ojos al instante, a sabiendas de que aquella frase no me traería más que problemas.

-¿Has venido…? ¿Te envían de La Daga? -dijo metiéndome en un ascensor. Pulsó algún botón que no alcancé a ver y el compartimento comenzó a elevarse.

-Espera. ¿De qué conoces la agencia?

-¿Qué de qué la conozco? ¡Nosotros os contratamos!

-¿Cómo dices?

-Cuando le cuente esto a los chicos van a alucinar.

-¿Los chicos? ¿Qué chicos?

El ascensor se detuvo y abrió las puertas a una sala con todos los compañeros de trabajo de mi padre. Yo les conocía de las barbacoas que organizábamos en casa, pero pensaba que se dedicaban a la compraventa de madera.

-¿A que no adivináis a quién han mandado a por el italiano? -dijo con un tono de orgullo genuino en su voz.

-¿Cintia? -preguntó Tom, el mejor amigo de mi padre, antes de abalanzarse a abrazarme. A Tom le siguieron Carlos, Fran, Jordi, y otro par de personas que antes preguntaron si “esta era su niñita”.

Sí, lo era, y aunque la “niñita” quería saber qué demonios estaba pasando, su necesidad por ponerse una camiseta era todavía mayor.

-Bienvenida a la familia, Cinty -dijo Jordi.

-Me la he encontrado en los cambiadores- continuó mi padre-. ¿Qué se te había perdido allí, por cierto?

-Me dijeron que al Gelatto no le gustaban las botas.

Todos empezaron a reírse, momento que yo aproveché para ponerme encima un abrigo que había sobre una silla a mi lado. Hacía algo de calor, pero empezaba a molestarme al brazo, y no me hacía tampoco especial ilusión que me vieran los amigos de la familia con tan poca tela.

-Vaya guarro está hecho.

-Luego un tipo muy sobón se ofreció a acompañarme a los camerinos y tuve que clavarle un tacón en la sesera.

Aquella afirmación no les hizo tanta gracia.

-¿Te has cargado a Luis?-preguntó mi padre antes de regañarme con la mirada-. ¡Cielo!

-No seas muy duro con ella, Álex. No lo sabía. Además, el tío se sobrepasaba con las chicas, incluso con tu hija. Se ha llevado lo que se merece, ¿verdad, Cinty?

Yo afirmé con la cabeza, intentando tampoco enfurecer más a mi padre.

-Bueno- suspiró él-, supongo que tendremos que buscar un sustituto cuando terminemos con el trabajo.

-¿Qué trabajo? -pregunté con bastante certeza de que no me iba a gustar la respuesta.

-A ver- continuó Tom-, está claro que vamos a ayudarte.

-No, no. Es mi primera misión. Quiero hacerlo sola.

-¿Es tu primera misión? -repitió Carlos con aire paternalista-. No podemos permitirnos fallar, Álex.

-Lo sé, lo sé-respondió él.

En un instante, aquella mafia a la que no sabía que pertenecía mi familia y sus allegados se estaba organizando para hacer mi trabajo, como si se tratara de una cartulina que olvidé mencionar con cinco años hasta altas horas de la noche anterior a tener que entregarla.

                Me miré la muñeca. De pequeña me regalaron un reloj muy extraño: tan solo contenía 48 minutos. Al meterme en el negocio se me ocurrió un ingenioso uso para él: me prometí darle cuerda en las misiones calculadas de una hora de duración, como en teoría iba a ser esa, por aquello de tener cierto margen de maniobra cuando la aguja tocara su límite. Vaya gilipollez. Llevaba en aquel edificio tres vueltas del inútil aparato, y eso sólo mientras presenciaba la discusión entre mi padre y sus amigos por planificar la mejor forma de acabar con la estrella de la velada. Me lo quité y lo arrojé sobre un sillón.

                Escuché propuestas de lo más variopintas. Veneno, francotirador, un pequeño explosivo en la tarda de cumpleaños. Quise proponer que siguiéramos con mi plan original, pero nadie se dignó en escucharme. No fui la única. Fran levantó su mano para intentar intervenir, gesto que no fue muy bien recibido.

                -Fran, te juro que como digas que saquemos las uzis el primer disparo te lo voy a meter por el culo-dijo mi padre-. Perdona cielo.

                -Estoy aquí en ropa interior para cometer un asesinato. Creo que ya puedes dejar de tratarme como si siguiera tomando biberón.

-Tienes razón, cielo. Lo siento.

                -Venga, piensa en ello, Álex- siguió Fran-. Los chicos del italiano no se van a quedar de brazos cruzados cuando nos carguemos a su jefe.

                -Es exactamente el mismo argumento que usaste con McDouglas, y nos costó cincuenta mil euros arreglar el local.

                -¿El 48 es vuestro? -exclamé indignada- ¿Por eso no querías que viniera?

                -Perdona, cielo.

                -¡Deja de llamarme “cielo”! He venido a matar al Gelatto con una cuerda de acero y voy a matar al Gelatto con una cuerda de acero. Fin de la discusión.

                Todos se quedaron callados mirándome avergonzados.

                -Vale, vale. Es tu trabajo. Tú mandas. Si quieres algo de ayuda, pídela.

                -Gracias -respondí con contundencia-. Os agradecería una distracción, pero la última palabra la tengo yo.

                -Lo mejor será que dejemos que una de nuestras chicas encandile al italiano y, cuando se vayan a una habitación, le demos el cambiazo- propuso Jordi guiñándome el ojo en señal de apoyo.

                -Me parece un buen plan -respondí.

                -Pues a divertirse todos, que la noche es joven- dijo Carlos.

                -¿Quieres algo de ropa? -preguntó Tom.

                -Creo que será más fácil acercarme a él tras el cambio si todavía llevo los tacones. Pero muchas gracias.

                Tom se rio.

                -Te has convertido en toda una mujer. Bien hecho.

                Bajamos todos en el ascensor. Los de la recepción me indicaron qué suite le tenían preparada al capo, así que esperé en la de al lado a que el hombre eligiera una chica con la que divertirse. Le hubiera dado cuerda de manera irónica al reloj, pero se quedó en la sala de reuniones de mi padre. Todavía me costaba asimilar que él también fuera un tipo gordo del crimen organizado, aunque imagino que él tampoco esperaba terminar la noche ayudándome a mí a cometer un asesinato.

                La fiesta debía estar desenvolviéndose sin incidentes, porque yo me estaba muriendo de aburrimiento en la habitación. Sólo me libró del tedio Carlos llamando insistentemente a la puerta.

                -Il Gelatto se pira.

                -¿Qué?

                -Dice que venía satisfecho de casa, pero que agradece el gesto.

                -Mierda. ¿Qué hacemos?

El amigo de mi padre se encogió de hombros.

                -Tendrás que improvisar.

                Volví a ponerme nerviosa.

                -Vale. ¿Dónde está ahora mismo?

                -Le estamos intentando entretener para que no salga por la puerta.

-La puerta… la puerta… ¿Ha dejado su chaqueta en consigna?

Carlos dudó.

-Supongo, sí. Como todo el mundo.

-Vamos. Atacaré ahí.

Bajamos a toda prisa por la escalera. Carlos iba contando la idea que había tenido del asesinato entre abrigos. Alguien sugirió cancelar misión, pero mi padre dijo que siguiéramos, que confiaba en mí.

La entrada estaba abarrotada de gente estrechando manos y dándose besos de despedida. Entre la gente del club hicieron una barrera humana disimulada para que pudiera apartar al capo del resto del grupo. El barullo ayudaba a despistar a una única persona. Ya tenía incluso el cordón de acero entre mis manos cuando alguien me pilló lanzándome a por mi objetivo. La cosa iba mal. Fran miró a mi padre. Mi padre asintió resignado. En un pestañeo, todos tenían uzis.

Fue una batalla campal, lo que me dejó margen a terminar mi tarea. Todo el 48 acabó lleno de sangre, agujeros y cuerpos. Aunque el tono general al limpiar el local fue de cabreo, Tom me tranquilizó quitándole hierro. “Debe ser martes”, suspiró dejando caer su mano sobre mi hombro. Abrieron el almacén y sacaron de allí litros de lejía y kilos de escayola. Debían estar acostumbrados. Con cuidado reparamos entre todos el local, lo que nos llevó tres días. Lo bueno es que no teníamos ni que salir de allí. Comimos del restaurante y dormimos en las habitaciones. Al terminar las reparaciones me fui directa a la oficina a cobrar mi cheque.

Resultó que, aquella operación presupuestada en cuarenta y cinco mil euros, recibía un corte salarial por cada asesinato innecesario, por aquello de no levantar sospechas. Era un dato que yo, como habrás imagino, desconocía por completo. Y mi padre tampoco se apiadó porque fuera su hija, ni por haberme metido en aquel berenjenal, ni por haber redactado de su puño y letra los términos del contrato. Era su manera de darme en serio la bienvenida al negocio, sin favoritismos ni miramientos. Al final, sólo me dieron 48 míseros euros por aquel trabajo denigrante.


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